Se deja de querer, y es como el ciego que aún dice adiós, llorando, después que pasó el tren.

Se deja de querer, y es como el ciego que aún dice adiós, llorando, después que pasó el tren.
Se deja de querer, y es como el ciego que aún dice adiós, llorando, después que pasó el tren.

sábado, 22 de marzo de 2014

Autoretrato a los veinte años.

Me dejé ir, lo tomé en marcha y no supe nunca 

hacia dónde hubiera podido llevarme.

Iba lleno de miedo, se me aflojó el estómago

y me zumbaba la cabeza: 

yo creo que era el aire frío de los muertos. 

No sé. Me dejé ir, pensé que era una pena 

acabar tan pronto, pero por otra parte 

escuché aquella llamada misteriosa y convincente. 

O la escuchas o no la escuchas, y yo la escuché 

y casi me eché a llorar: un sonido terrible, 

nacido en el aire y en el mar. 

Un escudo y una espada.

Entonces, pese al miedo, me dejé ir,

puse mi mejilla junto a la mejilla de la muerte. 

Y me fue imposible cerrar los ojos y no ver 

aquel espectáculo extraño, lento y extraño, 

aunque empotrado en una realidad velocísima: 

miles de muchachos como yo, lampiños 

o barbudos, pero latinoamericanos todos, 

juntando sus mejillas con la muerte.

 

 

Roberto Bolaño.







2 comentarios:

  1. Un buen retrato generacional latinoamericano que es calcado al de los 80 aquí.En Vascolandia una generación la convirtió en himno.Por duro que parezca,a aquella supervivencia generacional le quedó la resaca....http://www.youtube.com/watch?v=Va76AcO0qZU

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